Mongui - Directo BC

La memoria esférica de Monguí

En las montañas frías de Boyacá, Monguí guarda un secreto: allí se cosieron, a mano y con paciencia, los balones que hicieron historia en Colombia. José Flórez, dueño de una de las últimas fábricas artesanales del pueblo, abre las puertas del Museo del Balón y de su taller para mostrar cómo un oficio se convirtió en identidad, resistencia y memoria colectiva.

Texto y fotos: Salomé Ortíz Jaramillo 

ortizj.salome@javeriana.edu.co 

 

La mañana en Monguí empieza con neblina. En la plaza principal, el eco de las campanas de la iglesia colonial rebota contra las fachadas blancas y los arcos de piedra. A pocos pasos de allí, un letrero discreto anuncia “Balones - Punto de fábrica”, un lugar pequeño pero que en su interior guarda la memoria de todo un pueblo. 

José Agustiniano Flórez aparece en la entrada. Tiene los hombros anchos, la piel morena por el sol y unas manos que delatan años de costura. Lleva un sombrero gris que lo protege del frío y una chaqueta de cuero. “Bienvenidos al punto de fábrica del museo del balón, aquí van a conocer el corazón de Monguí”, dice. 

Dentro del lugar, hay una tienda con vitrinas que exhiben balones de distintas épocas, tamaños, colores y características. En la fabricación de un balón se utilizan moldes metálicos que, a simple vista, parecen herramientas destinadas a cualquier cosa menos a este oficio. 

En Monguí, durante buena parte del siglo XX, coser balones no era un oficio más: era la vida misma. Cada casa cercana al parque principal tenía un rincón convertido en taller improvisado. En los patios se tendían las tiras de cuero recién curtido; después, esas mismas piezas pasaban a las mesas del comedor, donde los hombres marcaban los moldes, las mujeres cosían con aguja e hilo encerado y los niños inflaban los balones para probar su resistencia. 

Los moldes oxidados que cuelgan de las paredes, las fotografías en blanco y negro de los primeros talleres familiares y de los campeonatos escolares jugados con balones hechos en Monguí son las huellas de un tiempo en el que este pueblo giraba al mismo ritmo que la pelota. 

José recuerda con nitidez esos días. “Aquí todo el mundo vivía del balón. Había familias que entregaban veinte o treinta balones a la semana. Los llevaban a Bogotá en buses y desde allá viajaban a todo el país”. Sus ojos brillan al contar cómo el pueblo se llenaba de compradores que buscaban la calidad boyacense. 


Entrada a Arcueros Balones, punto de fábrica en Monguí, el corazón de la tradición balonera. 

El arte de fabricar un balón

José se inclina sobre la mesa de trabajo y señala un estante en el que reposan dos neumáticos. “Todo empieza aquí. Un balón no nace en el cuero, sino en el corazón que lo sostiene”, explica. 

Toma uno de los neumáticos y explica que en Monguí se utilizan dos tipos: el butilo, reservado para los balones profesionales y semiprofesionales, por su resistencia y durabilidad, y el látex, más económico, pensado para las escuelas, los entrenamientos sencillos o los partidos de barrio. “El material define la vida del balón”, agrega mientras acaricia la superficie lisa de uno de ellos. 

El neumático no se queda desnudo. Pasa primero por una capa de hilaza, una fibra aplicada de manera artesanal, casi como quien unta una crema. Luego recibe un baño de pintura azulada, que se adhiere con suavidad y lo prepara para la siguiente fase. “Esto no es solo color —aclara José—, es protección, resistencia”. 

Después viene una segunda capa de látex, esta vez más gruesa, mezclada con químicos que le dan un tono rosado. José lo muestra como si revelara un secreto. Allí se notan las diferencias de calidad y el cuidado con el que cada balón se piensa para un destino diferente, ya sea un torneo profesional o un recreo escolar. 

En esa etapa también aparece la modernidad. Con una lámpara especial, José enseña cómo se imprimen logos, nombres o escudos para personalizar cada pieza. “Antes el balón era anónimo, solo cuero y costura. Ahora cada uno quiere el suyo marcado, único”. 

El neumático, ya recubierto y vestido, descansa sobre la mesa como un corazón listo para ser trasplantado. Pronto será cubierto por los gajos de cuero que José cortará y coserá con paciencia. “Esto es el principio”, dice acomodándose el sombrero sobre su frente. “Aquí late la vida de cada balón que sale de Monguí”. 

La jornada avanza y José nos lleva a un rincón del taller donde el olor a caucho fresco impregna el aire. Allí reposa una plancha lisa de un material aún sin forma que espera convertirse en balón. “Aquí es donde empieza la magia de verdad”, dice con una sonrisa tímida. 

Con tiza en mano, José marca los moldes sobre la superficie. “Hay que calcular bien porque un milímetro perdido cambia toda la presión del balón”. Después, acomoda la plancha en la troqueladora, una máquina pesada que, con un golpe seco de calor y presión, recorta hexágonos y pentágonos perfectos. Cada pieza, uniforme, parece un pequeño rompecabezas que pronto dará cuerpo a la esfera. 

El ruido metálico de la troqueladora se apaga y en la mesa quedan decenas de pedazos. José y uno de sus aprendices los acomodan con paciencia, buscando que cada costura tenga continuidad. Luego, con hilo fuerte y aguja gruesa, comienzan a ensamblar las piezas de manera artesanal. Los dedos se mueven rápidamente, el cuero se resiste, pero la práctica de años convierte el gesto en algo casi natural. José murmura: “Esto no se aprende en un día, a mí me tomó media vida”. 

Una vez armado, el balón recibe su corazón: una válvula que servirá para llenarlo de aire. José la inserta con precisión y enseguida toma una cubeta con agua. “El secreto está en la prueba”, aclara, mientras hunde el balón inflado. Si aparecen burbujas, hay una fuga, y  entonces hay que descoser, revisar, ajustar. “Aquí no se disimula nada, o está bien hecho o no sirve”. 

Cuando todo queda firme, el balón se seca al sol y pasa a las manos de su hijo, quien lo limpia y lo acomoda en el estante de la tienda. Allí, bajo el letrero de “Arcueros”, las esferas blancas y brillantes esperan al visitante. Algunas lucen escudos de equipos locales; otras, logos de torneos o frases personalizadas que se imprimieron días antes. Todas, sin embargo, conservan el sello de Monguí: un trabajo hecho a mano, con paciencia y memoria. 

Frente a la vitrina, José acaricia con los dedos uno de los balones y concluye: “Este pueblo se hizo famoso por lo que otros patean, pero para nosotros cada balón no es solo un objeto, es un pedazo de nuestra historia”. 


El toque experto de la operaria asegura la calidad del enrollado, pieza clave para la forma esférica. 

El costo de preservar lo ancestral

En una de las salas del Museo del Balón hay una vitrina distinta: no guarda solo balones, sino fechas. José se detiene allí como si abriera un álbum familiar y empieza a recorrer, con la voz baja y firme, la historia de su pueblo. 

Todo comenzó en los años 1930, cuando surgieron los primeros talleres familiares: las casas se convirtieron en fábricas improvisadas y, con cuero y caucho, nacieron los balones que pronto rodarían por todo Boyacá. 

Avanza unos pasos a un campeonato escolar en los setenta. “Aquí estábamos en el auge”, recuerda. Entre los años sesenta y ochenta, Monguí fue reconocido como la capital artesanal del balón: cada semana salían cientos de unidades rumbo a Bogotá, Medellín o Cali. “Ningún colegio se quedaba sin un balón de Monguí”, agrega con una sonrisa nostálgica. 

Pero luego baja la voz y se queda en silencio frente a un molde oxidado. “En los noventa llegaron los plásticos, los balones importados. Fue nuestra crisis”. Muchos talleres cerraron, las agujas se guardaron y los jóvenes buscaron trabajo en otras ciudades. Monguí, que había girado alrededor del balón, quedó al borde del olvido. 

El recorrido no termina ahí, pues en el 2010 nació el Museo del Balón. “Aquí decidimos resistir”, dice José. Con la comunidad, recogieron piezas antiguas, rescataron moldes y construyeron un lugar donde la memoria no podía borrarse. 

Hoy, la última parada es el presente: vitrinas llenas en la tienda Arcueros, turistas que compran balones como recuerdo y niños que aprenden a coser en talleres escolares. “No producimos lo de antes, pero cada balón que sale de aquí es identidad”, admite José. 

La producción de un balón cuesta entre 6.500 y 150.000 pesos. Actualmente funcionan alrededor de 32 fábricas, que cumplen un papel clave tanto en la economía local de Monguí como en la preservación de un oficio transmitido de generación en generación. 

José Agustiniano Flórez comparte la herencia del oficio, narrando la tradición balonera de Monguí. 

Cuando la memoria no se desinfla

Monguí parece un pueblo detenido en el tiempo, pero basta atravesar la puerta del Museo del Balón o detenerse en la tienda Arcueros para descubrir que no se trata de nostalgia congelada, sino de una memoria que todavía respira. Los balones ya no se cosen en cada casa, ni los buses llegan cargados hasta el tope para llevar decenas de esferas a Bogotá o Medellín. La plaza principal no se llena de compradores como en los años dorados, cuando el país entero conocía la calidad boyacense. Sin embargo, en cada rincón todavía se siente el eco de aquella abundancia.  

En Monguí, coser balones fue durante décadas la vida misma. En cada casa se cortaba cuero, se cosía con hilo encerado y los niños probaban la resistencia inflando lo recién hecho. Hoy, aunque quedan menos talleres, cada balón conserva la memoria de ese oficio. No es solo un objeto deportivo: es un símbolo de resistencia, la dignidad de un pueblo que decidió no dejar morir su herencia. Cada puntada guarda la voz de quienes lo cosieron antes y la promesa de quienes vendrán después. Y mientras esa esfera siga rodando entre montañas y neblinas, nadie podrá decir que este pueblo se rindió al olvido. 


Exhibición de diseños de selecciones y equipos, reflejando la pasión mundial por el fútbol.

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