Historia: Voces de una tierra llamada Catatumbo - Directo BC
Voces de una tierra llamada Catatumbo
Texto y fotos: Saray Juliana Ortega Mendoza
Bio:
Saray Mendoza es estudiante de Comunicación Social con énfasis en Periodismo en la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Cúcuta, ha trabajado en medios de comunicación como el Canal TRO y se ha desempeñado también como actriz y modelo. Su interés principal en el periodismo es la crónica, género que le permite explorar y narrar la realidad con profundidad.
Voces de una tierra llamada Catatumbo
El Catatumbo, una región marcada por la guerra y el narcotráfico, se ha convertido en un territorio de desplazamiento forzado. La masacre de una familia en Tibú fue solo el comienzo de una escalada de violencia entre el ELN y las disidencias de las FARC que dejó más de 56 muertos en un solo día y obligó a huir a más de 53.000 personas. Aquí, las voces de quienes sobrevivieron relatan el miedo, la incertidumbre y la resistencia de una comunidad atrapada en un conflicto sin tregua.
Las voces se acallaron. El carro se detuvo de golpe en la vía El Zulia-Tibú, con las puertas cerradas y en la radio una melodía incierta. El motor se apagó, mientras los disparos se desvanecían y el vidrio panorámico yacía hecho pedazos. Dentro, la escena era un retrato brutal de la fragilidad humana.
Miguel Ángel López, Zulay Durán Pacheco y su bebé de seis meses reposaban juntos, con las cabezas inclinadas. Eran dueños de la única funeraria de Tibú y, paradójicamente, iban a prestar un servicio exequial cuando la muerte los alcanzó. La madre, en un último acto de amor, cubrió con su cuerpo al bebé, como si el instinto hubiera reaccionado antes que el miedo.
Solo su hijo mayor, de diez años, sobrevivió. Oculto en la parte trasera, vio cómo su familia se desmoronaba en segundos. Con las piernas temblorosas, corrió por la trocha en busca de ayuda, mientras el silencio invadía todo.
Esa noche del 15 de enero quedó grabada en la memoria de los catatumberos. No solo por la brutalidad del crimen, sino por el silencio que se impuso después: puertas cerradas y luces apagadas mientras el rumor de la huida recorría las trochas. Porque en el Catatumbo, cuando la muerte toca a uno, el resto teme lo que les espera.
La masacre de aquella familia no fue un hecho aislado, sino la primera señal de un mal que se extendió por toda la “Casa del Trueno”, como llamaban a la región los indígenas barí. En los últimos meses, la tensa coexistencia entre facciones dio paso a una guerra abierta, brutal y sin tregua, que se ha propagado como una plaga por todo el territorio.
La mañana del 16 de enero, los enfrentamientos entre el ELN y el Frente 33 de las disidencias de las FARC estallaron con ferocidad. Ya no era solo una lucha de ideales, sino una guerra por el control de la minería, la producción de coca y el tráfico ilícito, mientras la presencia del Estado seguía siendo apenas una sombra distante.
Los muertos no tardaron en llegar: en un solo día, la cifra ascendió a 56. Un número que para las autoridades no era más que una estadística, pero que para los habitantes representaba un rostro conocido, un amigo, un familiar, un vecino. Cada pérdida sembró el terror y convirtió la huida en la única opción. Así, aproximadamente 53.000 personas tuvieron que abandonar el lugar al que llamaban hogar, emprendiendo una huida forzada hacia Cúcuta, con la esperanza de encontrar seguridad más allá de la guerra.
No lo mataron, pero tranquilo, ya tengo su foto
Santiago*, 23 años. Firmante de paz y gestor de la mesa de diálogos entre el Gobierno nacional y las disidencias de las FARC.
Tibú, Norte de Santander
Inconsciente de lo que estaba por pasar, llegué a Tibú la noche del 14 de enero, después de tres días dándole duro a la trocha por la vereda El 25. Venía cansado, pero apenas puse pie en el pueblo, me aflojé. En zona urbana, uno siente que puede bajar la guardia, pero qué va. Me registré en un hotel y, sin pensarlo mucho, un amigo me jaló para el estanco de enfrente a tomarnos un bolegancho. “Vaya y calétese”, me dijeron, y a eso de las tres de la mañana me eché a dormir, sin imaginar que, al despertar, el celular iba a estar reventado de mensajes: habían masacrado a una familia y el carro en el que tenía que viajar para Cúcuta lo habían rafagueado. Todos me daban por muerto.
Con el pulso acelerado, me fui al coliseo de Tibú. Ahí la gente se amontonaba entre colchones prestados y caras pálidas. Hablé con el alcalde, pero él no tenía respuestas ni ganas de darlas; se escondió. El único alimento eran panes y botellas de agua que los mismos vecinos traían. Y yo ahí, aguantando el dolor de ver a mi gente botada, como si no valieran nada. Entonces se me acercó un pelao y me dijo: “No lo mataron, pero tranquilo, ya tengo su foto y su nombre. Tarde o temprano va a caer”. Se me heló el pecho. La gente entendió de una y, entre susurros y miradas rápidas, me ayudaron a escapar.
Salí en un carro para Cúcuta, pero el miedo es más rápido que uno. Sé que tienen mi cara y que mi destino está marcado, pero mientras el tiro no llegue, aquí sigo. Rendirse no es opción, eso es morirse como marica.
El silencio también es un aviso
Edilson*, 45 años. Líder social y vocero en los medios de comunicación para el Catatumbo.
La Gabarra, Norte de Santander
La mañana del 16 de enero, yo andaba en el puro casco urbano de La Gabarra. Ya sabíamos a lo que nos enfrentábamos, pero uno es terco y sigue guardando la esperanza —o más bien la ilusión— de que el miedo se quede en rumores y no en cuerpos regados por la carretera. Pero en el Catatumbo la esperanza dura poco. Esta es tierra brava, más de 4.800 kilómetros de monte espeso, ríos crecidos y un clima que cambia como el genio de la gente.
Esa mañana el peligro se sentía en el aire. Uno lo nota primero en el pecho que en los ojos: calles vacías, motos que pasan lento, la gente hablando bajito, como si no querer ser oído bastara para salvarse. No esperé más. Salí con lo que tenía puesto y me refugié en casa de un amigo. Ahí pasé la noche en vela, porque el silencio también avisa.
Al otro día, el pueblo ya no era el mismo. Se veían movimientos raros, de esos que uno aprende a leer con los años. Aquí uno sabe quién es quién, aunque no lleven uniforme ni hablen duro. Intenté hacerme el desentendido, pasar por sombra, pero en esta tierra nadie se desaparece del todo. Dos días después, no había más que hacer: si no me iba, me mataban. Agarré una bolsa negra de basura, metí lo que cupo y salí con unos compañeros para la base militar. El Ejército nos sacó en helicóptero. Yo iba con el alma en la boca, porque nunca me había montado en un animalejo de esos.
Me fui dejando atrás las trochas que me vieron crecer, tierras buenas, generosas, que han mantenido generaciones enteras a punta de palma de cera y coca. Pero irse no significa estar a salvo. Ahora estoy en un albergue en Cúcuta, y el miedo se vino conmigo: llamadas raras, miradas que pesan en la espalda. Nadie está seguro ni aquí ni allá. En el Catatumbo, la guerra no se queda en la tierra; lo sigue a uno como una sombra.
“Veci, bájese pa Tibú, esto se va a poner caliente”
Linda*, 22 años. Ama de casa.
Versalles, Norte de Santander
El 16 de enero, a eso de las nueve de la mañana, una vecina llegó tocando la puerta como si se estuviera quemando la casa. Esa urgencia me heló el pellejo. Yo siempre me levanto temprano, pero ese día no, porque mi esposo andaba trabajando por Cúcuta y como que el cuerpo me pidió descanso. “Veci, bájese pa Tibú, váyase pa donde su familia, que esto se va a poner caliente”, me dijo, con esa mirada de quien ya ha repetido la advertencia muchas veces y sabe que no es en vano. Sentí un vacío en el estómago. Como pude, me cambié y salí.
En el camino, la realidad se fue volviendo pesada, como si el aire costara más respirarlo. Hombres armados a la orilla de la carretera, familias enteras dejando sus finquitas, con los costales al hombro, como si la misma tierra los hubiera echado. Al llegar a Tibú, el pueblo estaba como suspendido, callado, con esa espera espesa que uno ya conoce.
Esa noche, los disparos retumbaron desde Campo Seis, a 15 minutos de ahí. No hizo falta ver para entender. Al otro día, la orden fue clara: había que irse. La amenaza cubría a toda la comunidad. Sin tiempo para dudar, me fui al batallón, con lo puesto y el miedo atragantado. Ocho horas nos tocó aguantar bajo el sol, rodeados de rostros cansados y mochilas improvisadas, hasta que por fin nos sacaron en un vuelo de la ONU.
Cuando aterricé en Cúcuta, me llevaron a un albergue lleno hasta el tope. Unos lloraban, otros se quedaban viendo al vacío, muchos ya ni hablaban. Ahí pasé varios días recibiendo ayudas y buscando una cara conocida. Hasta que al fin logré contactarme con mi esposo.
Ahora trato de recoger los pedazos y seguir adelante, pero, la verdad, uno sabe que nunca es lo mismo. Porque allá no solo quedó mi casa, sino el pedazo de alma que se le arranca a uno cuando toca huir sin mirar atrás.
Agarrar monte
Franky*, 49 años. Campesino.
Tibú, Norte de Santander
El 16 de enero, a eso de las diez de la mañana, lo único que se escuchaba eran bombas. Yo estaba en mi finca, cerca de Tibú, cuando se armó el despelote. La gente corría, los niños huían por las calles y las mamás lloraban buscando llegar a las carreteras principales, donde estaba la fuerza pública. Fueron tres días de zozobra, sin poder dormir. Durante el día nos refugiábamos en las casas, pero al anochecer tocaba agarrar monte, porque ellos llegaban como cazadores, sin importar quién eras ni qué hacías. Y aquí en el Catatumbo, con tanta montaña y trocha, esos tipos andan como peces en el agua, como si esta tierra fuera de ellos. A mi vecino Jhonny, un hombre generoso y servicial, se lo llevaron y hasta hoy no se sabe nada de él.
El 20 de enero decidí irme por mis propios medios. Me uní a una caravana de carros con banderas blancas, rumbo a Cúcuta para pedir ayuda al gobierno. Lo que más me duele es haber dejado mi finquita, mis gallinas y vaquitas, lo poco que tenía para vivir. Uno no está hecho para la ciudad, para vivir encerrado, lejos de su pedazo de tierra. Ahora estoy en un albergue, pero ni aquí me siento seguro. Las amenazas ya llegaron y el miedo se refleja en cada mirada. Son cosas que uno no ve ni en las películas de Netflix, pero aquí son el pan de cada día.
Mi nombre estaba en las listas
Yazmín*, 42 años. Líder social y estilista Convención,
Norte de Santander
El 27 de enero me tocó dejarlo todo y salir para Cúcuta por mi propia cuenta. Me llegaron amenazas de muerte; mi nombre ya andaba en una de las listas del ELN. No quise espantar a nadie. Mis hijas dormían y preferí evitarles ese susto. Solo agarré unas pocas cosas y dejé un papel en el comedor que decía: “Me tocó irme, después les explico por qué”.
A las cuatro de la madrugada salí sola, con el corazón acelerado y el miedo de que en cualquier momento me pararan en la carretera. Cuando llegué a Cúcuta, me fui derechito al estadio, a ver si me daban alguna ayuda, porque apenas traía lo puesto y un par de cosas más. El miedo no me soltaba. Pensé en arrancar para Bucaramanga, en irme aún más lejos, pero no quiero dejar a mis hijas. Ellas son lo único que me sostiene.
Ahora, con la mano que me tendió una amiga, estoy trabajando como estilista y tratando de armar de nuevo mi vida. Pero la zozobra no se va. Se queda ahí, como una sombra detrás de uno, recordándole que esto aún no ha terminado.
***
El desplazamiento en el Catatumbo no es solo una consecuencia de la guerra, sino una herida abierta que se extiende más allá de las fronteras. No basta con salir del territorio para sentirse a salvo, porque el miedo, la incertidumbre y la pérdida acompañan a quienes han dejado atrás su hogar. Las voces de Santiago, Edilson, Franky, Linda y Yazsmín son solo algunas entre miles que han visto cómo su vida se fractura en un instante, obligados a empezar de nuevo sin garantías, sin justicia y, muchas veces, sin un futuro claro.
Las trochas y caminos que una vez fueron rutas de trabajo y encuentro se han convertido en senderos de huida. La violencia persiste, se reinventa y se arraiga en cada rincón, mientras el silencio de las autoridades es tan estruendoso como el de los pueblos vacíos. Porque en el Catatumbo la guerra no solo se combate con balas, sino también con el olvido, y quienes logran escapar saben que su lucha no termina al cruzar la frontera del miedo.
* Los nombres fueron cambiados para resguardar la identidad de las fuentes.
|
|
|
|
|
|
|
|
|

