Crónica

La casa del librero


Noëlle Maquinay

La casa del librero

Texto y fotos: Noëlle Maquinay Villate

noellemaquinay@javeriana.edu.co

Bio: Soy estudiante de Comunicación Social con énfasis en Periodismo y estudiante de Sociología con énfasis en gestión de conflictividades de la Universidad Javeriana. Me apasiona contar historias humanas y genuinas para conectar comunidades y personas. Tengo un gran interés por la construcción de memoria y las narrativas biográficas. Desde hace tres años trabajo en el área de comunicaciones de la fundación Caring For Colombia, que apoya múltiples ONG y proyectos sociales en el país, generando puentes con donantes en Estados Unidos. Esto me ha permitido aprender a contar historias de impacto desde otra perspectiva, nutriendo mi experiencia académica y de vida.

 

La Casa del Librero

En uno de los pasillos del Centro Cultural del Libro se encuentra La Casa de Asterión, la librería de Carlos Escobar, un hombre de 58 años que construyó un espacio donde no solo se venden y compran libros, sino en el que, además, las conversaciones, la amistad y las historias de quienes pasan por allí se funden con la historia de este librero.

Ubicado en el “Sótano de los Descuentos”, se lo ve sentado en uno de los costados del largo pasillo, rodeado de dos mesitas con libros apilados, acompañado por un amigo que disfruta, al igual que él, de una canción de tango y una buena conversación. Utiliza gafas redondas de marco blanco, una candonga plateada en su oreja izquierda, pelo corto y una gorra. Su barba poblada enmarca sus labios y cubre sus mejillas, dejando ver unas cuantas canas. Quien entra, se encuentra con su mirada seria, que aparece tras los lentes de sus gafas acompañada de su voz grave que pregunta: “Buenas tardes, ¿qué busca?”

La librería es un corredor con poca luz natural que va en descenso. No tiene ventanas ni salidas distintas a la entrada. Los marcos de las vitrinas, pintados de rojo, resaltan por su contraste con el piso blanco. Afuera hay un par de sillas de plástico y unas mesitas que, a la hora de cerrar, quedan guardadas en el primer local que compone la librería. En la estrechez de La Casa de Asterión conviven la amplitud del conocimiento que ofrecen los libros y un librero al que le gusta contar historias.

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Julio de 1995, Bogotá.

Carlos, un hombre de 29 años, de porte liviano y rastas, se paraba en la entrada del pasillo. Acababa de comprar su primer local, el 188, y se disponía a organizar los primeros estantes. A su lado se encontraba Paola, su pareja y socia del momento, con quien inició ese sueño. Ahí, se detuvo y la miró a los ojos:

—Un día, vamos a ser dueños de todo el pasillo y ya sé cómo lo vamos a organizar.

Carlos comenzó a señalar las vitrinas y los locales aledaños que aún no le pertenecían. Tenía un plan: en el primer local, habría filosofía, poesía y arte; en el segundo, violencia, geografía y antropología colombiana; en el tercero, historia, sociología y antropología general, y en el cuarto, música e idiomas. Ese día se plantaron los primeros cimientos de La Casa de Asterión, el nuevo hogar del joven librero, pero se necesitarían muchísimos días para que la librería que tenía Carlos en mente finalmente se hiciera realidad.

Veintinueve años después, muchas cosas han cambiado. Los locales se multiplicaron y los libros también. Ahora la librería se compone de un pasillo con cuatro locales, diez vitrinas y una colección de aproximadamente 12.000 libros. Los que entran aquí pueden ser amigos, desconocidos, colegas o vendedores. Eso depende del flujo de cada día, el cuál puede ser muy cambiante.

Carlos recuerda que años atrás el pasillo se llenaba de personas que buscaban en las estanterías, convirtiendo la librería en una plaza de mercado, y hoy se mantiene casi siempre desocupado. La mayoría del tiempo está solo Carlos, sentado con un libro, esperando la llegada de sus visitantes.

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Carlos nació en San José, Caldas, un pequeño pueblo cafetero, y creció en un barrio popular de Medellín, con sus ocho hermanos y sus padres. De su madre recuerda su cariño, su dulzura y su nobleza. Al hablar de ella, todavía le aparecen unas pequeñas lágrimas en los ojos que seca con la punta de los dedos. De su padre no dice mucho.

“Mi papá vendía mangos cortados en la calle y mi mamá preparaba y vendía helados en la casa. A mis hermanas las acompañaban los jefes de las pandillas a coger el bus y devolverse a la casa para que no les pasara nada. Nos querían”, recuerda.

Cuando creció, decidió estudiar ingeniería en la Universidad Nacional de Medellín, más motivado por sus hermanos que por sí mismo, pues Carlos era bueno en matemáticas, pero a su corazón le interesaban otras cosas. Las letras y la poesía lo habían acompañado desde los trece años, edad en la que escribió sus primeros versos, que lo seguirían guiando muchos años después.

“Tomé la decisión de salirme porque no quería ser el capataz de nadie”, afirma.

Llegó a Bogotá por un amor a primera vista que se fue igual de rápido. Sin embargo, se quedó en la capital porque se rehusaba a vivir en un lugar con las condiciones sociales tan complejas como las de Medellín: la violencia, el narcotráfico y la pobreza azotaban la ciudad. Con esa decisión tomada, trabajó unos meses como profesor de literatura en un colegio en el sur de Bogotá. Inicialmente había aplicado para enseñar álgebra, cosa que ya hacía en Medellín de manera particular con los hijos de familias adineradas. Sin embargo, a la rectora del colegio le interesó más lo que podía decir acerca del arte y la literatura. A los pocos meses renunció, porque el pago no era suficiente.

Luego vendió libros y discos en el parque Santander y en la plazoleta del Rosario. Y más tarde un amigo le ayudó a conseguir empleo en el Centro Cultural del Libro, específicamente en un lugar llamado El Astillero, donde su tarea inicial era organizar los libros en la bodega. Pasó luego a hacer los pedidos a las editoriales y a atender a los clientes. Poco tiempo después se independizó. Compró su primer local y empezó lo que sería su propio camino.

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El Centro Cultural del Libro surgió en la década de los noventa, tras un proceso de reubicación de los libreros de la calle 19, en el que se intervino la zona con la Policía y se sacaron las casetas de los vendedores. El sitio, poco a poco se consolidó como un punto de comercio clave en la ciudad. Ubicado en la carrera 8ª con calle 15, cuenta con más de 60 librerías. A esta cuadra llegan desde libros de segunda hasta las colecciones privadas de intelectuales. Sin embargo, actualmente son pocos los libreros que quedan de aquel proceso. Una de ellas es Julia, una “librera veterana” a quien Carlos nombra con afecto. Es una mujer de 70 años, pequeña, con el pelo blanco, gafas colgadas en el cuello y una mirada seria pero amable. Sentada frente a su negocio, Julia recuerda el desalojamiento y los difíciles años que siguieron:

—Después de que nos sacaron, nos tocó ir a vender a los sitios que veíamos con movimiento y estuvimos en la plaza Gaitán varios años, hasta que montaron este edificio. Se suponía que esto iba a ser una zona de conocimiento fundamental de la ciudad, pero nunca lo fue. Salieron con cosas muy malas, los arriendos de los locales costosos, mucha competencia.

—¿Competencia como la de Carlos?

—Sí. Desde que llegó se volvió muy popular, tenía un carácter y un carisma atractivo que atrapaba a los clientes. Él nos pasó por encima a todos, porque sabe bien cómo ser librero. Todos lo conocían como “don Rasta”. En cambio, yo, acá en el segundo piso, no soy tan visible y encantadora.

Carlos, por su parte, dice que el proceso de construir la librería ha sido largo y lento, pero no por ello menos hermoso. Y quizá allí se encuentre ese carisma que acusa Julia, pues el amor que les tiene a los libros y a lectura es palpable en su librería, que no solo se compone de libros, sino que en ella también se construye conocimiento, pues es una suerte de aula, consultorio terapéutico y hasta segundo hogar para algunos lectores. Aun así, Carlos dirige su negocio con pragmatismo: “Si algo me ha enseñado esta profesión, es que ningún libro es indispensable. Por ejemplo, los libros en mi casa están allá ahora, pero quién sabe qué pasará después”.

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Desde que comienza la jornada, a las 9:30 de la mañana, los libreros pasan rápidamente por los locales dando los buenos días, preguntando títulos y recibiendo libros. Aquí todos se conocen. “La que ves ahí es Yolanda, ella vende libros en los puestos de afuera, es muy amable”, comenta Carlos después de que la mujer atraviesa el pasillo rápidamente y nos saluda. Así transcurre la mañana, entre el ir y venir de los libreros, los amigos y los clientes. Sin embargo, las relaciones cordiales entre libreros no son siempre tan amistosas como parecen a primera vista. Al fin y al cabo, la zona es de rebusque y los clientes se disputan. Por eso, la competencia y los rencores existen, y Carlos recuerda que hace unos años tuvo que denunciar a uno de sus vecinos por falsas acusaciones que afectaban su reputación.

Mientras avanza la mañana, Esteban, un hombre de unos 50 años, entra a la librería y discretamente saluda a Carlos.

—Tengo unos libros para vender. ¿Tienes tiempo para mirarlos? —dice.

—¡Claro hermano! —le responde Carlos.

Unos minutos después, el señor regresa con una niña pequeña de la mano y una bolsa de plástico en la que carga varios libros. Mientras los adultos los revisan, la niña mira los títulos exhibidos en la vitrina.

—¿Sabías que soy primo de Bart Simpson? —le dice seriamente Carlos a la niña—. ¿No ves que nos parecemos y todo? —la pequeña se ríe y el librero le entrega un libro de Los Simpson.

Luego, Carlos se concentra en su tarea, mira cada libro cuidadosamente, uno a uno analiza el estado de las páginas y las carátulas. Elige cuatro de una edición única: Don Quijote de la Mancha, Crimen y castigo, Arte de amar-El asno de oro y Fausto-Werther. Además de esos, le compra un libro de Séneca, Los siete libros de la sabiduría y La Compagnia Dell’anello, de J. R. R. Tolkien. Acuerdan un precio: 80.000 pesos. El hombre le da las gracias y recibe el billete de 100.000 para cambiarlo y entregarle las vueltas. La hija se queda con nosotros y nos cuenta que pronto cumplirá nueve años, pero que no está emocionada por celebrarlos. “No me gusta crecer”, dice antes de irse con su papá. Nos quedamos de nuevo solos en la librería, contemplando el ir y venir de los libros, las personas y los libreros.

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Parte de los libros llegan con los vendedores que recorren la ciudad comprando lo que encuentran, sin criterio fijo, para revenderlo en el centro. Hay días en los que llegan cinco libros y otros en los que un gran lector se muere y los familiares “enguacan” a los vendedores con una biblioteca completa.

“Siempre trato de pagarles lo mejor que pueda. Muchos vienen de condiciones difíciles y les toca vivir del rebusque. Ellos llegan acá y me cuentan cosas, me dicen que a veces no les alcanza”, afirma.

Carlos también afirma que intenta vender al mejor precio posible, pero además le importa, y mucho, la experiencia que pueden tener sus clientes en la librería, las relaciones que forja con ellos. “Prefiero generar buenas relaciones interpersonales, tanto con las personas que me venden como con las que me compran. A mí lo que me gusta es poder conversar de temas que considero importantes”, reconoce.

Juan Carlos, un librero de la zona que lleva trabajando siete años en su local, define a Carlos mientras sostiene un vaso de tinto en la mano: “Puede ser un poco prepotente al principio. Es de esas personas con las que se hace clic a la primera o se genera un poco de distancia. Algunos dicen que maneja precios muy altos, pero no conozco cuál será su criterio de precios. Yo, por ejemplo, si veo que un libro vale 90.000 en el mercado lo vendo a la mitad y listo. Pero hay un valor que no se puede cobrar y es el asesoramiento del librero. Cuando Carlos habla, no es egoísta con el conocimiento.

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La Casa de Asterión no solo es el nombre de la librería, también es el título de un cuento de Jorge Luis Borges y el homenaje afectivo de Carlos a una maestra. Él eligió el nombre de su librería porque el cuento le recuerda una época muy especial de su vida: la universidad, la juventud y la amistad. En especial, la amistad de Margarita, una profesora que le puso a leer el relato.

—Cuando lo leí fui hasta su oficina con rabia y un sentimiento de traición. La traté mal. No entendía por qué me había puesto a leer ese cuento en ese momento de mi vida, cuando yo le había confiado una situación por la que estaba pasando y en la que me sentía profundamente identificado con el cuento.

A pesar de que, en aquel momento, el cuento de Borges no fue bien recibido por Carlos, ese encuentro terminó fortaleciendo la amistad entre los dos. Y, aunque un tiempo después Carlos dejó la universidad y fue perdiendo el contacto, nunca olvidó a aquella mujer que fue su gran amiga.

—Cuando llegó el momento de ponerle un nombre a la librería, no tuve ni siquiera que pensarlo.

La vida de Carlos siempre fue la casa de Asterión. La historia de un hombre-bestia, atrapado en una casa, un laberinto que, sin candados en las puertas ni en las ventanas, lo mantenía prisionero. El cuento es una reescritura del mito del Minotauro donde Borges explora la duda, la soledad y la angustia de Asterión, el hijo de Pasifae, quien espera a su redentor, su verdugo.

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Al entrar, me encuentro con Carlos y tres personas más, cada una en su propio asunto. Me siento en uno de los bancos a observar. Hablan de política, justicia social y desigualdad. Por momentos se cuelan los libros en la discusión, creando puntos de encuentro en medio de los argumentos. Los visitantes son de distinta índole: hay un funcionario de la Procuraduría, uno del Centro de Memoria Paz y Reconciliación y un estudiante.

Al poco tiempo aparece un muchacho joven que merodea fuera de la librería. Pasa varias veces hasta que decide entrar. El chico no debe tener más de veinte años. Saluda tímidamente y pregunta sobre un libro de anarquismo. Carlos busca el título. Entra al primer local y se dirige al costado derecho, hace un pequeño sondeo de arriba abajo y encuentra el libro. Se lo pasa y vuelve a sentarse. El chico se sienta en uno de los escalones con el libro en las manos, le da una breve ojeada mientras escucha la conversación. Después de un rato, se dirige a Carlos y le pregunta el precio. No le alcanza, vale 35.000 y él tiene 20.000. Carlos le sonríe, se lo entrega y le dice: “Listo, espero que te diga algo”. El joven se queda unos minutos más y luego se va con una sonrisa.

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La otra casa de Carlos queda cerca de la librería. A un par de cuadras está su apartamento, en el que los compañeros de piso son los libros. Al entrar, los primeros en saludar son ellos. La cocina, a la derecha, es pequeña, y los libros, a la izquierda, son muchos. Rodean la sala y continúan hasta el cuarto. El espacio es sencillo y organizado. Se parece de cierta manera a su dueño. Aquí está la colección privada de Carlos; es decir, lo que no quiere vender.

Me invita a seguir y nos sentamos a conversar, yo en un sillón y Carlos en el borde de la cama. Le pregunto sobre sus los cuadros que tiene: cerca al baño hay una réplica de la serie Tauromaquia, de Goya, y a continuación, otros cuadros que le obsequiaron y que conserva con inmenso cariño.

Hablamos de su juventud y de sus libros de poemas. Me cuenta cómo fue la primera vez que se los publicaron y se levanta para tomar Se degüellan aves, su primer libro de poemas. Abre una página y recita uno titulado Y si acaso una mañana. Cuando termina me presta el libro y me dice: “Espero que te diga algo”.

En otra ocasión, me invita a su casa a continuar la conversación que se estaba dando en la librería. Están Henry y Mateo, los dos libreros ayudantes, y Juan, un amigo de él. Juan conoce a Carlos desde que vendía libros y discos en el parque Santander. Nos cuenta que la primera vez que lo vio, le compró un disco de Carlos Mejía Godoy, uno de los músicos más importantes de la revolución Sandinista. “Como ambos estábamos solitarios en ese diciembre, nos compramos unas botellas de vino y nos fuimos a recorrer la ciudad. Eso lo repetimos varias veces”, recuerda Juan, y luego dice que el primer libro que le compró fue Diálogos con Leucó, de Cesare Pavese, un libro publicado por la misma editorial que años después le publicaría a Carlos el suyo, Se degüellan aves.

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En uno de los últimos encuentros, Carlos me cuenta que está escribiendo su primer libro en prosa. Es un homenaje al oficio, una serie de historias dedicadas a las personas que ha conocido en la librería a lo largo de los años. Una de ellas es la historia de Mauricio, uno de los vendedores de libros que llegaban a la librería de Carlos luego de recorrer la ciudad. Mauricio falleció hace un tiempo, pero Yolanda, su esposa, continúa vendiendo libros en la zona.

En este libro Carlos quiere contar las historias del común, de las personas aparentemente ordinarias que son realmente extraordinarias y que, gracias a la decisión que tomó de ser librero, ha podido conocer. Me invita a leer las que ya tiene escritas y quedamos de encontrarnos una próxima vez para comentarlas. Me invita a conocer más historias que hacen parte de la extraordinaria vida de este librero que se deja sorprender todos los días por quienes llegan a su librería.

Espero que este texto les diga algo.

 


 


 


 


 


 


 


 


 

 

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