Angulo: CRÓNICA DE UN BOLSO ANUNCIADO - Directo BC
Crónica de un bolso anunciado
CRÓNICA DE UN BOLSO ANUNCIADO
Por: Juanita Parra
Hay días en los que caminar por los pasillos de la universidad se siente como entrar al Fashion Week versión académica. No sé si estoy yendo a clase o desfilando por una pasarela patrocinada por Instagram. Bolsos cruzados, mini, tote, baguette, acolchados, con cadena dorada o sin espacio para un cuaderno: cada uno brilla como si fuera el último grito de la moda… hasta que, tres meses después, deja de gritar, olvidado dentro del mundo consumista.
nuevo modelo que “hay que tener”. El que se agota en dos días porque una influencer lo mostró en un video de unboxing con música de ascensor. Da lo mismo si parece un ladrillo con correa o una cápsula espacial: lo importante es poseerlo antes que los demás. La urgencia no es estética, es existencial. Como si tener ese objeto les diera su propio valor.
Mientras tanto, el del año pasado ya está arrumado en el clóset, desterrado como un ex que ya no combina con la nueva personalidad. ¿Acaso los anteriores salieron malos? ¿O el gusto se volvió tan volátil que ya nadie sabe qué le gusta realmente? El fenómeno parece ya no ser moda; más bien gira en torno a una amnesia emocional con cremalleras.
Lo más curioso es que esos nuevos bolsos rara vez traen algo diferente. Incluso, ya ni cremalleras traen. No cargan más, no pesan menos, no resuelven la vida. Algunos ni siquiera cierran bien. Pero ahí estamos, comprándolos con la devoción de quien busca redención. Porque, claro, cada compra es hoy un certificado de pertenencia social. ¿Te gusta ese bolso? Eso ya no importa: solo debes tenerlo. Y cuando lo tienes, te obligas a que te guste.
En los salones, en los cafés, en los descansos, en los pasillos... ningún espacio se salva: hay bolsos por todas partes. Es casi un reflejo cultural, como si demostrar que una está “al día” fuera una obligación, aunque el presente cambie de color cada tres meses.
Mientras tanto, el planeta paga la factura. Cada bolso nuevo significa un pase VIP a la contaminación ambiental: un material sintético que jamás se degrada y una cadena de producción que gasta más energía que una impresora universitaria en época de parciales. Pero eso no sale en Instagram, claro que no. Eso no vende. Ahí el bolso luce radiante, sobre una mesa de café, sin mostrar el basurero que lo espera cuando llegue el siguiente modelo.
Lo irónico es que todo se vuelve un ciclo de acumulación y olvido. Los que ayer eran símbolo de estilo hoy son reliquias incómodas. Y lo más absurdo: olvidamos su función real. Los bolsos se inventaron para guardar cosas, para ser útiles, no para dejarte el hombro torcido o vaciarte la billetera con su precio. Pero eso ya no importa, porque ahora el mundo prefiere la estética a la ergonomía, y el logo a la lógica.
A veces pienso que lo que realmente cargamos no son libros ni maquillaje, sino la ansiedad de pertenecer, el miedo a quedar fuera, el eco del “ya no está de moda”. Nos volvimos coleccionistas de tendencias y, en el camino, perdimos el criterio y la autenticidad.
Así que no, gracias. No necesito el bolso de temporada ni el que combina con mi “energía astral”. El mío, el de siempre, guarda lo que necesito y me deja en paz.
Porque, al final, no hay accesorio más elegante que tener claro que no todo lo nuevo vale la pena.

