Vista Hermosa vecina del cielo - Directo BC
Vista Hermosa y su vecina del cielo: una historia de cuidado en medio de la selva
Historia 1
Por Mónica Andrea Rincón
Este trabajo se realizo en el marco de la Maestría de Periodismo Científico-PUJ
Texto: Mónica Andrea Rincón
Es una familia curiosa, de miradas intensas y atentas. Cerca de la cocina, la madre sirve tinto con panela al padre y le pide a su hija de catorce años que no deje quemar las arepas sobre el fogón de leña. De pronto, interrumpe la charla del desayuno:
— Ahí llegó la hembra; está perchada en el nido.
El padre responde:
— El macho no debe tardar.
Toma los binoculares y enfoca la enorme ceiba de más de treinta metros que se alza frente a la casa. Desde hace un par de meses, allí, una pareja de águilas arpías construye su nido. Tras unos minutos de observación silenciosa, el padre pasa los binoculares a la hija de diez años, y luego a la de catorce. Mientras tanto, la madre anota en un cuaderno:
12 de octubre, 9:15 a. m.: la hembra llega al nido.
Así transcurre la vida cotidiana de la familia Díaz Parra, en la vereda Alto Guapaya, municipio de Vista Hermosa, Meta. A Johan Díaz casi nadie lo llama por su nombre: todos le dicen Morocho. Tiene la habilidad de caminar con un silencio casi sobrenatural sobre un lecho de hojas secas, sin espantar a las aves vecinas. Morocho es muchas cosas a la vez: constructor de madera, cultivador de plátano, ganadero, guía, guardabosques, observador de aves y fotógrafo.
A su lado está Diana Parra, una pereirana que, a los quince años, se fue a vivir al Meta y perdió el acento paisa. En la vereda ha trabajado en cultivos de maracuyá, aguacate y cacao, y ha apoyado en la cocina y el cuidado de distintas fincas. Más recientemente, se ha convertido en la ama y señora de la casa de la Reserva Natural Harpy, además de llevar con esmero el diario de observaciones sobre los movimientos de la pareja de águilas arpías.
La familia tiene una casa en la vereda Playa Rica, muy cerca de Alto Guapaya. Pero durante la temporada —el largo ciclo que comienza cuando las águilas empiezan a construir el nido, acomodando ramas gruesas y forrándolo con hojas verdes frescas— se trasladan a la Reserva. Luego viene la etapa en la que la hembra pone el huevo y lo incuba durante casi dos meses sin moverse del nido, mientras el macho se encarga de traer el alimento: monos, perezosos o aves. Después, pasan varios meses en los que la hembra se dedica por completo al cuidado y alimentación del polluelo, hasta que este ensaya sus primeros vuelos cortos, se ausenta por breves periodos y, finalmente, cerca de los dos años, abandona el nido, se independiza y termina la temporada.
Todo el ciclo de reproducción del águila arpía transcurre en esa enorme ceiba, visible desde un mirador oculto en la Reserva Natural Harpy, diseñado para no inquietarla. Durante la temporada llegan biólogos, científicos, documentalistas y toda clase de pajareros y observadores de la naturaleza, adictos al acto gentil de notar el mundo que los rodea. En un tiempo en que todo parece empujar a ignorar la naturaleza, a pavimentarla y a talarla, ellos, los observadores, se detienen a escuchar. Y les importa lo que ven.
Realmente, nunca se trata solo de un ave o de un bicho. (En Colombia, tanto en la jerga coloquial como en la de muchos biólogos, bicho se usa para nombrar casi cualquier animal o insecto: bicho, bichote o bichota). Se trata de todo lo que sostiene a los bichos: el suelo, los yarumos, el caño Lejía, el agua; los otros animales, como el puercoespín, los perezosos de dos dedos y las tangaras de colores. Una sola ave es como un prisma a través del cual se revela toda la red ecológica, todo el mundo natural.
Así, para los habitantes locales que desde hace siete años saben que su vecina más imponente es el águila arpía, y para los visitantes que llegan atraídos por la posibilidad de verla en vuelo, ya no es posible mirar el bosque como mercancía. Han aprendido a reconocer la fragilidad del mundo natural.
Esa comprensión une a una red de personas que va desde el conductor que, en Vista Hermosa, recoge a los visitantes para llevarlos por la trocha hasta Alto Guapaya; el cabestrero que sube la carga a caballo hasta la Reserva Natural Harpy; y las señoras de la vereda que se turnan para cocinar los almuerzos de los viajeros. Para todos ellos, buena parte de la vida cotidiana y económica gira en torno a su vecina arpía.
Así funcionan como una gran comunidad de cuidado, un movimiento enraizado en el acto transformador de presenciar y proteger a una de las águilas más majestuosas de América.
Aun en medio de la tragedia de la extinción de las especies silvestres, existen historias de supervivencia y asombro en Colombia.
“Si uno se toma un rato para ver, para sentir, para escuchar los bichos, los árboles, el agua… uno se enamora de eso. Y cuando uno se enamora, ya no lo quiere dañar, lo quiere cuidar.” —Morocho

