Sabor de la memoria en mercado Santa Cruz de Lorica - Directo BC

El sabor de la memoria en el mercado Santa Cruz de Lorica

Las trabajadoras del mercado público de Santa Cruz de Lorica, en Córdoba, sostienen la tradición culinaria y comunitaria del territorio. Sus oficios, herencias y resistencias revelan una identidad femenina que han cultivado por generaciones el sabor, la memoria y la vida diaria del municipio.

Texto: Amalin Fayad Jattin
amalinfayadj@javeriana.edu.co 
Fotos: Amalin Fayad Jattin y Rodolfo Montes Valdez (@rodovimova)

Abril 2026

El Ranchón no es solo un edificio de techos de zinc y pasillos llenos de artesanías, especias y comida típica, sino un verdadero organismo vivo donde el tiempo parece detenerse y renacer cada mañana. Allí, entre olores de pescado fresco, frutas y caldos que hierven desde el amanecer, laten las manos que sostienen la identidad culinaria y humana de Lorica: las cocineras del mercado. Son mujeres que negocian, fríen, sirven, limpian, aconsejan y sobreviven. Sus puestos no solo alimentan: también narran. Sus ollas, fogones y bandejas son archivos vivos que preservan técnicas, saberes y memorias familiares que no están escritas, pero se transmiten de generación en generación mediante la práctica diaria.

Cada jornada en el Ranchón comienza antes de que salga el sol: a las cuatro de la mañana, mientras el pueblo todavía duerme y el río Sinú respira en quietud, las mujeres del mercado público de Santa Cruz de Lorica ya están en movimiento. Caminan desde sus barrios –La Esmeralda, El Centro, Los Monos– cargando con ollas, cuchillos, bolsas de víveres y la determinación de quienes han aprendido que la economía del día depende de sus manos. Ese primer movimiento del amanecer es la puerta de entrada a un universo que solo existe gracias a ellas.


Fachada principal del mercado público de Santa Cruz de Lorica

“En el Ranchón, el humo del fogón es también el humo de la memoria”

Las vendedoras, cocineras y pregoneras del Ranchón, son las verdaderas cronistas de la vida Sinuana. Su labor va más allá del intercambio comercial, es una forma de resistencia, una memoria colectiva hecha oficio. En sus puestos no solo se vende comida: se sirve historia, se reparte afecto y se conserva una tradición que huele a coco, plátano verde y río.

En el Ranchón, el calor del fogón y el sonido de las ollas dan inicio a una rutina que se ha mantenido viva a través del tiempo. En el sector de comidas trabaja Yanelis de Hoyos Tordecilla, más conocida como “Doña Mayo”. Ella, de 63 años y nacida en Lorica, ha dedicado gran parte de su vida al fogón. Su trabajo comienza desde muy temprano, cuando los pájaros del bajo Sinú apenas entornan sus primeros cantos. Mayo, con su delantal floreado y un moño ajustado en la cabeza, inicia su jornada con la preparación de sus ingredientes: pica la cebolla, corta el queso, pela la yuca, descama el bocachico. Tiene más de treinta años de oficio en el mercado y el peso de ese tiempo se advierte en sus movimientos seguros, en la destreza con la que sostiene las ollas grandes. Todo se hace en cantidades para los visitantes.

Su puesto está en la esquina principal del lugar, la que tiene vista al río, donde se mezcla el aroma del ají criollo y del arroz de coco. Con voz firme y sonrisa amplia, saluda a los primeros clientes: “Pásale mijo, que el sancocho de bocachico está recién hechecito”. Su receta es famosa no solo por el sabor, sino porque –según dice– “tiene el secreto del río”, que es un toque de pescado fresco y otro de memoria.


Sancocho de bocachico

El bocachico es ese plato que cualquier loriquero y visitante que se respete tiene que probar en alguna de sus presentaciones: frito, sudado, frito-sudado, en ‘cabrito’, en sancocho o en viuda. Se acompaña siempre con un buen arroz, sea de coco o frijolito; ensalada y tajadas de plátano maduro o verde. Dicen los abuelos que el hombre forastero que se enamore de una loriquera y se coma la cabeza del bocachico, en Lorica se queda.

Se prepara siguiendo un ritual cuidadoso que las cocineras del Ranchón conocen de memoria. Primero, limpian el pescado, le retiran las escamas, abren el vientre y extraen las vísceras sin romper la piel. Luego lo lavan con agua fresca y limón para quitarle cualquier rastro de amargor. Una vez limpio, lo adoban con sal, ajo machacado en pilón, cebolla picada y una pizca de comino, dejándolo reposar para que absorba los sabores. En el fogón de carbón, el bocachico se cocina lentamente; algunas lo doran primero para sellarlo y otras lo hierven directo en una olla grande junto con yuca, plátano verde y su toque de color. Cuando el caldo toma cuerpo y el pescado empieza a desprenderse en lascas suaves, las mujeres saben que está listo. “El bocachico se conoce por el olor y por la carne que se abre sola”, dicen. Así, entre humo y paciencia, el bocachico se convierte en un plato que tiene el sabor del río y de la historia que ellas preservan.

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El Ranchón es un entramado de economías femeninas. Las mujeres trabajan con lo que tienen y transforman lo poco en abundancia. Los puestos son humildes: mesas de madera, ollas de aluminio, estufas de carbón o gas y una hilera de bancos plásticos donde los comensales se sientan a almorzar.

La mayoría de estas trabajadoras son madres cabeza de familia. Algunas combinan el trabajo del mercado con labores domésticas o ventas ambulantes. “Aquí uno no se enriquece, pero come, cría a sus hijos y no le debe nada a nadie”, dice Tivisay Ramírez, de 52 años y una de las fritangueras más reconocidas del mercado. Ella llegó desde San Bernardo del Viento hace más de veinte años, buscando una manera de ganarse la vida. Hoy, su puesto es famoso por las empanadas de pescado y las arepas de huevo con suero.

Tivisay es alta, de espalda firme y mirada directa. Su delantal rojo y el nombre de su puesto en letras grandes —“Doña Tivisay”— están siempre salpicados por gotas de aceite caliente. Cuando fríe arepas de huevo o empanadas de pescado, sus movimientos se vuelven danza: hunde la empanada, espera a que “baile”, la voltea, la deja escurrir y la sirve con precisión. “La empanada tiene que bailar –dice–. Si no baila, no sirve”

La camaradería se vuelve escena cuando alguna falta. Si Mayo no puede ir, doña Elvira toma el cucharón y sirve el mote como si fuera suyo, otra corre al puesto de frutas por el cilantro faltante y alguien más se encarga de cobrar. En torno a mujeres como Tivisay y doña Mayo se teje una red de solidaridad invisible. En ese ecosistema, la competencia se disuelve y prevalece una ética comunitaria: el mercado es su casa compartida.

“Las manos de las mujeres del mercado sostienen el alma invisible de Lorica”

“Doña Mayo dice que su sancocho tiene el secreto del río: sabor, paciencia y recuerdo”


Encargada de preparar los acompañamientos de los platos típicos

Cada plato que se cocina en el Ranchón lleva siglos de historia condensados. Las mujeres que allí trabajan son herederas de un saber culinario que combina raíces indígenas, africanas y árabes, resultado del mestizaje sinuano. No aprendieron en escuelas de cocina, sino en los patios y cocinas de las abuelas, donde el sonido del pilón marcaba el ritmo de la vida.

El mondongo, el arroz con cangrejo, el pescado en cabrito, el sancocho de gallina criolla o las carimañolas son parte del repertorio que las trabajadoras dominan con naturalidad. Pero detrás de cada receta hay una historia, la de los desplazamientos por el río, la de los oficios heredados, la de la memoria femenina que se niega a desaparecer.

Cada olla y cada receta son, literalmente, memoria viva. Mayo Martínez cuenta que aprendió a cocinar “viendo a la vieja mover el pilón”. Su madre le enseñó el punto exacto del ñame para el mote, su abuela le mostró cómo moler el ajo sin apurar el brazo, y su tía la regañaba si dejaba dorar demasiado el pescado. Lo que hoy mueve con tanta soltura es la herencia directa.

“Yo no necesito medir, yo sé cuándo el guiso está bueno por el olor”, dice doña Mayo, levantando la tapa de la olla. Esa relación sensorial con la comida es también una forma de conocimiento ancestral, pues una sabiduría que no se escribe, se transmite en el hacer. Cada receta tiene nombre de mujer: la abuela que enseñó el sofrito, la madre que perfeccionó el caldo, la vecina que compartió un truco, la comadre que aconsejó una variación. Por eso los puestos narran historia y las manos que cocinan llevan generaciones completas en su gesto.


Pescado frito con arroz con coco directo a la mesa

El Ranchón es también un espacio de conversación. Mientras cocinan, las mujeres hablan del precio del pescado, de las noticias del pueblo, de los hijos que están en Montería o en Medellín. Las charlas fluyen como el río: lentas, rumorosas, cargadas de humor y sabiduría popular.

Antiguamente, cuenta Mayo, había que cocinar con el agua en los tobillos cuando el río se desbordaba. Tivisay, por su parte, se ríe recordando a los clientes que llegan desde Bogotá buscando comida típica: “Se asustan cuando ven que el pescado tiene cabeza, pero después chupan hasta las espinas”.

En ese intercambio cotidiano, las trabajadoras del mercado son también narradoras del territorio. Sus historias incluyen amor, como la de aquella vendedora que conoció a su esposo mientras él le compraba mojarra; también hablan de migración, como la de la hija que se fue a Bogotá a estudiar gastronomía o de pérdida, como el recuerdo del pescador que falleció ahogado una noche o de esperanza, como la promesa de alguna nieta que aún quiere seguir la tradición.

Sin embargo, a pesar de la riqueza cultural y gastronómica, el trabajo de estas mujeres se desarrolla en condiciones difíciles. Las altas temperaturas, la precariedad de los servicios públicos y la informalidad económica marcan su día a día. No tienen seguros de salud ni estabilidad, pero su resistencia es admirable, no esperan reconocimiento estatal ni visibilidad mediática, sino que su orgullo está en el oficio mismo. Aun así, Mayo reconoce que sus hijas no continuarán la tradición: “Es que ellas no quieren este humo, no quiero pasar las madrugadas aquí ni aguantar que el calor les corte la respiración. Dicen que prefieren otros oficios, como trabajar en oficinas, tener un horario diferente, simplemente sienten que no nacieron para seguir con este legado”. Con su sinceridad explica por qué la cadena hereditaria empieza a fracturarse: no es falta de cariño, sino búsqueda de condiciones laborales menos duras.

El mercado, además, ha sobrevivido a los cambios del tiempo, a las nuevas normas de salubridad, a las remodelaciones inconclusas, a los desplazamientos. Sin embargo, estas mujeres permanecen. Ellas son las guardianas de un patrimonio intangible que se sostiene a punta de tenacidad y fuego. “Mientras haya hambre, habrá fogón”, dice Tivisay con una risa que suena a certeza.

Existe un plato que se ha vuelto insignia del Ranchón: la Sarapa. Se prepara con pescado fresco del río Sinú —generalmente bocachico o doncella—, acompañado de arroz con coco, patacón y suero, todo servido en hoja de bijao. Su sabor combina lo salado del río con lo dulce del coco, una mezcla que resume el espíritu sinuano.“La Sarapa es Lorica en un plato”, dice doña Mayo, mientras acomoda con cuidado el pescado humeante sobre la hoja verde.


Ollas y fogones

“Cada plato que sale del fogón es una historia servida en hoja de plátano"

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En los últimos años, la llegada de turistas y los proyectos de renovación urbana han intentado transformar el mercado. Algunos proponen modernizarlo, reemplazar las cocinas abiertas por módulos uniformes, eliminar los fogones de carbón. Pero las mujeres resisten. “Si nos quitan el humo, nos quitan el alma”, dice Tivisay.

Su defensa no es solo por un espacio físico, sino por una manera de entender el trabajo, la comida y la comunidad. En el fondo, ellas son las custodias del patrimonio gastronómico de Lorica, ese que no puede embotellarse ni estandarizarse. Cada plato que sirven es una afirmación cultural: una manera de decir “aquí seguimos”.

El trabajo de las mujeres del Ranchón no termina cuando apagan el fogón. Después de la jornada —que puede durar más de diez horas— deben limpiar, guardar los utensilios, hacer cuentas, comprar lo que falta para el día siguiente. Al llegar a casa, muchas aún cocinan para sus familias o cuidan a sus nietos. Su descanso es breve, su compromiso, permanente.

Aun así, su relación con el trabajo no es de resignación, sino de orgullo. “Esto me ha dado todo lo que tengo”, dice doña Mayo, mirando su olla de sancocho. En su frase hay dignidad. En el Ranchón, el trabajo femenino no es invisible, sino que se ve, se huele, se escucha. Es el eje sobre el que gira la vida cotidiana del pueblo.

Las trabajadoras del Ranchón son el alma de Santa Cruz de Lorica. Caminar por el Ranchón es entrar a un museo sin vitrinas. A través de su oficio, sostienen no sólo la economía popular, sino también la identidad cultural de todo un pueblo. Sus manos transforman ingredientes en relatos, su voz preserva la memoria del río, y su presencia reafirma que la cocina es también un acto político y poético. En un mundo cada vez más acelerado y globalizado, su oficio representa una forma de resistencia contra el olvido.

Allí, entre ollas, humo y risas, se cocina mucho más que comida: se cocina la vida misma. Tivisay lo resume así: “Nosotras no cocinamos solo pa’ vender: cocinamos pa’ que lo nuestro no se pierda.”

“Si nos quitan el humo, nos quitan el alma”, dice Tivisay Ramírez, mientras el aceite canta en su sartén.

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