Guardianas del bosque humedo - Directo BC

Las guardianas del bosque húmedo y su guardián

Historia 2

Por Miguel Martínez


 

Este trabajo se realizó en el marco de la Maestría de Periodismo Científico-PUJ

Texto: Miguel Martínez


Territorio arpía


Un día cualquiera, en medio del bosque húmedo, Morocho encontró una presencia imponente y silenciosa en el tronco de una enorme ceiba. Ese avistamiento cambió su vida y la de su comunidad.


Una mañana de descanso, a finales de 2021, Johan Díaz andaba por el bosque con un amigo. Caminaban en las inmediaciones del Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena e iban en busca de "baño", como le dicen en la zona a echarse un chapuzón en algún río para refrescarse del calor. Para esa época, se dedicaba a construir casas en madera, a las labores del campo o a lo que saliera. Morocho, como todo el mundo lo llama, es un todero, se le mide a lo que le pidan. De sus 35 años, solo ha vivido dos por fuera del lugar donde nació, Vista Hermosa, un pequeño pueblo al suroccidente del departamento del Meta. Por eso conoce la zona como pocos. Es un aventurero que puede caminar por horas entre la espesa vegetación y los caminos fangosos.


Aquella mañana buscaban toboganes, unas cascadas que desembocan en piscinas naturales donde los llaneros se reúnen los fines de semana. Estaban a dos kilómetros de distancia. En un pequeño valle, en medio de dos montañas, un árbol muy particular lo hizo detener la marcha. Treinta metros de altura. Ramas gruesas como troncos. Un diámetro de dos metros en la base. Follaje escaso que dejaba ver el cielo. Definitivamente sobresale de todos los otros árboles a su alrededor.


Aún más sorpresivo le resultó ver un nido en medio de sus ramas. Tenía que ser un ave grande porque estaba hecho de palos que podían ser de dos metros de largo. La curiosidad los hizo subir a una de las montañas cercanas para tener una mejor vista. Efectivamente, el ave era visible a unos doscientos metros de distancia. Su pecho era blanco, las plumas de sus alas tenían varios tonos de gris y lo más particular eran unas plumas que se paraban detrás de su cabeza. Morocho nunca había visto un ave así. No le dio mucha importancia. El río los esperaba.


¡Güevón, ese es el bicho que andan buscando! — Le dijeron con emoción varios días después cuando bajó a la zona más poblada del pueblo y contó el avistamiento.


Morocho no lo sabía, pero casi una década atrás, algunos especialistas en aves habían dejado el encargo de avisar si la encontraban. Sabían que en la vereda Maracaibo, a unas cinco horas de camino, identificaron otro nido como ese y desde entonces estaban buscando más ejemplares por la zona. Unos días después, varias personas subieron a buscar el nido, esta vez con binoculares y otras herramientas para confirmar. Todo el grupo celebró constatar que se trataba de más de lo que estaban buscando. No era solo una, habían encontrado una pareja de águilas arpías.

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Cuando el ecólogo Juan Camilo De la cruz habla del águila arpía, lo hace con una mezcla de asombro científico y admiración casi reverencial. "Es una ave que, primero, es imponente. Es grande, muy grande. Entre ala y ala, su envergadura puede alcanzar dos metros y de altura puede llegar a un metro", afirma el también coordinador de la Reserva Natural Harpy. Imponente, esa es la palabra para describirla. Mide lo mismo que un niño de unos 5 años, pesa entre 5 y 9 kilos y tiene unas garras que pueden cubrir el puño de un adulto. Además, tiene unas plumas en la parte trasera de su cabeza que eleva cuando está alerta. Estas, sumadas a su mirada intensa y profunda, le dan una apariencia que a primera vista, intimida.


El águila arpía es la rapaz más grande del continente americano. Se puede encontrar desde el sur de México hasta el norte de Argentina. "Es una especie que caza, que tiene una función específicamente de control de poblaciones de otras especies, principalmente mamíferos como primates o perezosos", explica De la cruz. Su presencia, más allá de lo impresionante, indica que el ecosistema tiene muy buena salud. Es un predador tope, ocupa el lugar más alto en la cadena trófica, o alimenticia. El águila arpía es al bosque húmedo, lo que el tiburón es a los corales.


Los biólogos la llaman especie sombrilla. Protegerla implica proteger todo lo demás: los monos que caza, los árboles donde anida, los ríos que atraviesan su territorio. "Indica que tienen todas las condiciones para poder estar ahí sanos. Por eso, cada vez estamos aportando un poco para la conservación de esta especie y el resto del ecosistema", dice De la cruz.


El águila necesita condiciones muy específicas para sobrevivir. Árboles altos —ceibas, generalmente— con orquetas y uniones de ramas lo suficientemente robustas para sostener un nido que puede pesar varias decenas de kilos. "Necesita tener árboles que les permita ingresar fácilmente aleteando o planeando", señala De la cruz. El nido que encontró Morocho cumplía con todas esas características.


Pero el águila arpía es también una especie vulnerable. La pérdida de hábitat y la persecución humana han diezmado sus poblaciones en toda América Latina. En Colombia, el conocimiento sobre su estado es fragmentario. "No se conoce a nivel nacional cómo está el estado de las poblaciones. Hay otros países que trabajan mucho más, como Ecuador o Brasil, Panamá, que tienen mucha información", asegura el ecólogo.


Por eso el hallazgo de Morocho era tan importante. No se trataba solo de un nido. Era la confirmación de que en Vista Hermosa, en plena zona de transición entre la Orinoquía y la Amazonía, existía un refugio donde esta especie podía reproducirse. El águila arpía es símbolo de la fuerza aérea colombiana por su tamaño y capacidad de vuelo. Varias comunidades indígenas de la Amazonía la consideran la especie que domina los aires de la naturaleza. Ahora, en Alto Guapaya, empezaba a convertirse en símbolo de algo más: la posibilidad de un territorio que pudiera sanar las heridas que dejó el ser humano.


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La Reserva Natural Harpy no nació de un plan maestro, ni de una gran inversión inicial. Nació del encuentro fortuito entre Morocho y un ave, y de la decisión de un grupo de personas de que ese encuentro no podía perderse.


Manakin Nature Tours, una empresa colombiana de observación de aves establecida en 2009, venía trabajando desde hacía años en promover el aviturismo en Colombia. Cuando llegó la noticia del nido en Vista Hermosa, los fundadores —Johana Andrea Borrás y Luis Eduardo Urueña— vieron más que una oportunidad comercial. Vieron la posibilidad de crear algo permanente. En el momento, el dueño de la finca quería venderla porque por su edad, ya se le dificultaba mucho llegar. De las 40 hectáreas iniciales, buena parte estaba dedicada a ganadería y uno que otro cultivo. Finalmente pudieron comprarla y desde entonces, se ha creado un proyecto de conservación de las águilas y su entorno.


"Morocho quedó instalado acá, dedicado a ser el guardián de este nido", recuerda De la cruz. El proyecto se fue expandiendo. Se adquirieron predios. Se construyó infraestructura básica. Este proceso no fue nada sencillo. La reserva queda a una hora caminando desde Alto Guapaya. El camino puede ser de unos 40 centímetros de ancho en algunos sectores. Hay que atravesar montañas, riachuelos y algunos lugares muy fangosos, de ese color rojizo que caracteriza el suelo llanero. "Para construir la reserva tocó hacer la estructura en madera, traer plantas, equipos de soldadura y muchas herramientas. Todo en caballo, la verdad, fue una cantidad de fletes enormes", cuenta Morocho. Lo más delicado —tuberías, perfiles, losas— tuvieron que cargarlo a la espalda porque ni siquiera los caballos podían con esa responsabilidad.


Hoy, cuatro años después, la reserva tiene aproximadamente 220 hectáreas. Allí han registrado 270 especies de aves, siete especies de primates, más de 120 mariposas y más de 20 especies de mamíferos captados en cámaras trampa. Todavía están en proyecto de identificar especies de otros grupos, pero para eso tienen tiempo.


Pero nada de eso les causa tanto orgullo como decir que de ese nido ya han salido dos polluelos. En cuatro años, dos águilas arpías han nacido en ese nido, han crecido bajo la mirada constante de Morocho y el equipo de monitoreo, y han volado hacia otros territorios. Es una cifra pequeña en términos absolutos, pero inmensa en términos de lo que representa: un ciclo completo, dos generaciones que confirman que el ecosistema funciona, que la protección sirve.


La reserva está ubicada estratégicamente. "Somos vecinos al Parque Nacional Sierra de la Macarena, a unos 500 metros, cumpliendo un papel de amortiguación del Parque Nacional ", explica De la Cruz. La reserva actúa como zona de transición, un colchón entre las actividades humanas y el área protegida.


Parte del territorio —casi 30% de las 220 hectáreas— estaba en potreros cuando se adquirió. "Estamos tratando de recuperar y hacer una actividad de restauración. En este momento la estamos haciendo de forma pasiva, pero estamos viendo un avance notorio en el cambio de cobertura desde que se adquirieron los terrenos", señala De la cruz. Retirar el ganado fue el primer paso. La naturaleza ha hecho el resto. "Vemos el acercamiento de especies como primates que antes no llegaban a la casa, de algunas especies de aves y pájaros, y de murciélagos que hemos encontrado en los últimos meses", agrega.


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Para entender lo que significa la Reserva Natural Harpy en Vista Hermosa hay que entender qué ha sido Vista Hermosa. El municipio se constituyó a través de dinámicas de colonización campesina, economías extractivas y la presencia de organizaciones armadas ilegales que durante más de 50 años determinaron cómo se usaba y se apropiaba el territorio. Los primeros colonos llegaron en los años sesenta desde el Valle del Cauca, Boyacá, Tolima, Santander y Caquetá, buscando tierras donde trabajar. Trajeron sus tradiciones agrícolas: plátano, maíz, café.


Entrada la década de 1980, la bonanza cocalera cambió todo. "La bonanza cocalera entró a Alto Guapaya presentando una alternativa económica que prometía prosperidad para los agricultores", recuerdan los documentos de caracterización de la zona. Las extintas Farc-EP tuvieron presencia y control del territorio. Vista Hermosa fue uno de los cinco municipios que constituyeron la zona de distensión entre 1998 y 2002. Tras el cierre de las negociaciones con el gobierno de Pastrana, la violencia se instaló. Hubo desplazamiento, pérdidas humanas, estigmatización.


El Acuerdo de Paz de 2016 trajo cambios estructurales. Vista Hermosa pasó de ser epicentro del conflicto a autodenominarse "capital mundial de la paz y la reconciliación". Llegaron programas de sustitución de cultivos ilícitos, los PDET (Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial), recursos de cooperación internacional. La región Macarena-Guaviare se convirtió en territorio priorizado para la transición hacia economías legales.


En Alto Guapaya, vereda de unas 230 personas distribuidas en cerca de 80 fincas, la comunidad empezó a organizarse. Se creó la Asociación Asoagroguapaya y acordaron sustituir los cultivos de uso ilícito que había en la zona para tecnificar la producción de café, plátano, cacao y cítricos. Se constituyó la Corporación Agroambiental y Turística de Alto Guapaya (AGROTURCORP) para ofrecer alojamiento rural. "Hemos acordado con la Junta de Acción Comunal de Guapaya a través de la Corporación trabajar de manera articulada para que ellos ofrezcan a la reserva servicios de transporte desde Vista Hermosa hasta la vereda, alimentación para los turistas y también brindan apoyo con guianzas durante los recorridos", explica De la cruz.
La relación entre la reserva y la comunidad ha sido de construcción mutua. Al principio no fue fácil. "Ellos veían el águila como un animal que les traía problemas, principalmente porque les cazaban las gallinas. Entonces la acción de ellos era matarla", cuenta De la cruz. La pérdida de un animal significa pérdidas económicas para familias campesinas que viven con lo mínimo.


Morocho recuerda no haber entendido la emoción de la gente cuando contó que la había visto. "¿Por qué cuidan a ese bicho si es un bicho que se come los micos?", le preguntó a primeros biólogos que llegaron. "Me dijeron que cuando hay muchos monos pueden acabar con los árboles y con otras especies. Yo le dije 'Bueno, ¿y qué tiene que ver el águila en eso?' Y me respondieron que el águila se come los monos y los controla, ayuda amantener cierto orden en la naturaleza. Es un animal muy importante para el ecosistema", recuerda.


Hoy, la percepción ha cambiado. "Están viendo el águila como algo muy grande y muy valioso para ellos y están empezando a sentirse representados", dice De la cruz. La comunidad habla de "la región del águila arpía". Los guías locales se han convertido en expertos. Morocho, que nunca terminó estudios formales, puede identificar especies, explicar comportamientos, leer el bosque de maneras que muchos biólogos envidiarían. "Para nosotros es super importante las personas que viven acá, que son los que son los ojos de nosotros principalmente. Puedo llamarlos en este instante que son los expertos en el tema del águila arpía", dice el científico sobre la comunidad.


“La reserva genera empleo. Se pagan guías locales, caballos para las maletas. Se paga bien y la gente está emocionada esperando una temporada de turismo más grande", cuenta Morocho. No se trata solo del águila. Se trata de que la vereda encontró una alternativa. "La gente ya no solamente se dedica al campo, sino que puede tener otros ingresos por otras alternativas".


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La Reserva Natural Harpy tiene un plan de acción a 10 años. No es un documento de intenciones vagas sino una hoja de ruta concreta con líneas estratégicas de acción, metas, indicadores y plazos que permitan alcanzar los objetivos de investigación, conservación, turismo sostenible y responsable y el fortalecimiento y participación comunitaria en el tiempo. 


"Llevamos muy poco tiempo, pero tenemos un plan de acción a 10 años donde tenemos diferentes actividades y estamos fortaleciéndonos cada vez más y avanzando en estas acciones gracias a la articulación con la empresa privada, donantes y ONG’s.", explica De la cruz. La visión para 2033 es ambiciosa: que la reserva esté consolidada como centro de investigación y haya contribuido al incremento y protección de las poblaciones del águila arpía y otras especies, así como de los ecosistemas de la Sierra de la Macarena. 


Pero los desafíos son reales. "En estos momentos la reserva no es autosostenible todavía. Esta reserva es muy joven y eso siempre es complicado”, reconoce Morocho con franqueza. Han pasado cuatro años. Cuatro años es nada y es mucho. Es nada en términos de consolidación institucional, de flujos financieros estables, de reconocimiento formal. Es mucho en términos de lo que se ha logrado con recursos mínimos y voluntad máxima.


Las amenazas persisten. "Uno no está exento de que algunos vecinos puedan atentar contra las águilas. Algunas personas pueden ingresar a hacer alguna actividad ilegal como la cacería o la deforestación. A veces vemos cerca que hay personas que hacen incendios para diferentes cultivos o para tener pasturas", señala De la cruz. Las águilas se mueven largas distancias. Pueden salir de la reserva y encontrarse con alguien que no sepa de los procesos de conservación, que las vea como amenaza. "Pueden de pronto cazarlas o herirlas y se puede perder un poco todo este proceso que estamos realizando", asegura.


“Por eso la idea es expandir la zona de amortiguación, crear corredores, asegurar que el águila tenga territorio suficiente", explica Morocho.
El equipo habla de crear una estación biológica, de recibir tesistas, de montar centros de monitoreo. "La idea es más adelante montar centros de monitoreo, estación biológica para que vengan muchos tesistas, hacer su tesis, estudiantes", dice Morocho. Ya tienen la capacidad básica: ocho personas pueden hospedarse en cuatro carpas con baño privado y agua caliente. Es lo que se necesita para que investigadores lleguen, se queden, trabajen.


También existe una red más amplia. El Peregrine Fund, organizaciones en Antioquia, en el Chocó, otros nidos reportados en la Macarena, en Caquetá. "Ya existe una red y diferentes instituciones que están trabajando mucho con esta águila", confirma De la cruz. La conservación de una especie que se mueve por cientos de kilómetros no puede ser trabajo de una sola reserva. Requiere coordinación regional, nacional e internacional.


La educación ambiental es otra línea clave. No basta con proteger el nido. Hay que cambiar la percepción, construir conocimiento, involucrar a las nuevas generaciones. El plan contempla trabajo con escuelas, talleres con la comunidad, material educativo. "Queremos que la gente pueda venir a la reserva y pueda conocerla, fotografiarla y que entienda que existen ese tipo de animales que cumplen una función muy importante para el sistema", dice De la cruz.


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Morocho, que nunca estudió biología pero puede leer el bosque como quien lee un libro abierto, resume el mensaje que le gustaría darle a la gente: "Que vengan porque esto por aquí es muy bonito, por acá tenemos muchas aguas, muchas aves, muchos primates, muchos mamíferos que no se ven todos los días, pero estando aquí un par de días se pueden ver y se ve el águila arpía que es un animal super hermoso".


Hace poco más de tres años, Morocho caminaba hacia unos toboganes sin imaginar que ese día cambiaría algo. Vio un ave grande en un árbol alto. Siguió de camino. Se bañó en el río. Volvió. Contó. Y sin saberlo, puso en marcha algo más grande que él, más grande que el águila, más grande que la reserva.


Puso en marcha la posibilidad de que un territorio marcado por décadas de violencia pudiera encontrar en la conservación no un lujo sino una forma de sanación. Que una comunidad campesina pudiera ver en un ave rapaz no una competencia por recursos escasos sino un aliado en el equilibrio de un ecosistema compartido. Que Vista Hermosa, que alguna vez fue sinónimo de conflicto, pudiera empezar a ser sinónimo de otra cosa.


La pareja de águilas sigue ahí. Están re construyendo el nido, pues el último polluelo no quería irse y ellas tuvieron que destruir el nido anterior para que buscara nuevos rumbos. Vigilando el valle. Cazando monos. Manteniendo el equilibrio. No sabe nada de planes a 10 años, ni de turismo sostenible. Solo sabe de corrientes térmicas, de presas y de cielos abiertos.


Pero su sola presencia, imponente y silenciosa, mantiene en equilibrio un ecosistema, y ahora, a una comunidad. 


 


 


 


 

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