Historia: Escuchar el rugido del río, no de las armas - Directo BC
Escuchar el rugido del río, no de las armas
Autora: Sahira Vargas
Escuchar el rugido del río, no de las armas
Tras el Acuerdo de Paz en 2016, los colombianos comenzaron a descubrir la enorme diversidad del sur del Meta donde convergen la amazonía, la orinoquía y los Andes. Trabajar en turismo de naturaleza se ha convertido en la esperanza para una nueva generación que intenta olvidar la guerra.
A lado y lado dos enormes paredes de rocas adornadas con musgo verde y café. Arriba: el cielo nublado y unas cuantas golondrinas. Yo: sentada sobre una balsa inflable azul al lado de otros cuatro estudiantes de periodismo. En las manos llevo un remo de pala amarilla y caña azul, un casco y un chaleco. Uno de los guías extiende un brazo y dispara una selfie. Minutos después de la foto en la que sonreímos, me sumergo en las frías aguas turquesas y pálidas del río Güejar.
El cañón por el que discurre el río Güejar está escondido en el departamento del Meta en Colombia, específicamente en los municipios de Mesetas y San Juan de Arama, aproximadamente a seis horas de Bogotá viajando por tierra. Entre sus paredes resuenan historias de guerra y paz.
— Hoy el río está alto, si hubieran venido en enero o febrero, habrían visto el río transparente de color verde esmeralda, donde se ven los peces —, dice Fredy, uno de los guías.
— ¿Qué tipos de peces hay?
— Bocachicos, sardinatas, cuchas, corronchos, cachamas, bagres; incluso una vez en estas balsas se subió un señor a pescar.
Siempre nos estuvo acompañando una mariposa morpho. Igual a la que aparece en la película de Encanto de Disney.
— Es una especie muy linda, pero entre más bella sea, puede morir más joven. En este momento están en vía de extinción. Ellas también se encuentran en el Amazonas y las llaman vaga vaga —, nos cuenta Fredy.
— ¿Vaga vaga? ¿por qué?
— Porque siempre está vagando al lado de uno, acompaña en el camino porque le gusta seguir el río.
Las turbulencias aumentan su fuerza, por lo que la balsa se mueve bruscamente en algunos recovecos del río. Sentimos el agua penetrar por nuestros poros: es fría porque baja desde el páramo más grande del mundo, el Páramo de Sumapaz que se extiende por 141.191 hectáreas sobre la Cordillera Oriental de los Andes.
A pocos metros de nuestro punto de llegada, observo algunos cables que cuelgan de lado a lado sobre las rocas y cruzan el Güejar. Noto a mano izquierda una silla de madera ya muy vieja colgando de los cables.
Miro a Fredy:
— ¿Esa silla para qué? ¿También hacen actividades extremas ahí?
— Todo esto que ves era de las FARC. Después del acuerdo de paz del 2016 podemos acceder a todos estos lugares. Ahora esa silla le sirve a un señor que la usa para dirigirse a su finca, donde siembra cultivos como yuca, entre otras cosas.
El recorrido en rafting por el Cañón del Güejar toma unas cuatro horas. Son casi 27 kilómetros navegando. Es tan bonito que uno quisiera seguir de largo otras cuatro horas. A mí me hizo olvidar que no sabía nadar.
La Colombia profunda
Dos días antes de llegar al río Güejar, nos encontramos en una cafetería con Óscar Alfonso Pabón Monroy, comunicador social comunitario y profesor de la Unillanos y Uniminuto. Canoso, un poco más de 60 años, de gafas, con sus alpargatas llaneras, pantaloneta hasta la rodilla de color verde, camisa negra con un pequeño logo en la parte superior derecha que decía willitour y un bolso tipo wayuu café con caqui.
Pabón nos relató algunos recuerdos de la guerra que incendió estas tierras. En la época en que el expresidente Andrés Pastrana creó la zona de distensión y le entregó a la guerrilla un área de 42.000 kilómetros -similar en tamaño a la superficie de Suiza, que incluía estos mismos municipios: Mesetas, Uribe, Vista Hermosa y La Macarena-, Pabón trabajó como gestor. Entre sus recuerdos hay uno que, para él, simboliza la insensatez de la guerra.
En uno de los en el municipio de Mesetas se encontró a la entrada del pueblo con guerrilleros que vestían gorras grises, parecidas a las boinas francesas, y le pidieron su cédula. En las calles del pueblo vio que había niños corriendo en sus bicicletas comiendo helado, mientras que eran observados en una esquina por otros niños guerrilleros con fusil.
— Se les veía las ganas de comerse un helado ese día— añadió Óscar.
Uno de esos niños que sostenía un fusil intentó acercarse a los que comían helado; sin embargo, al ver a uno de sus superiores, se contuvo y se quedó con las ganas de ese helado.
—Esa imagen la tengo viva—, dijo Pabón.
“Para trabajar en esclarecer las historias, hay que ir por donde la guerra estuvo” decía el periodista y sociólogo Alfredo Molano, quien inauguró la Casa de la Verdad en Villavicencio e inspiró a Pabón a recorrer este territorio, tratar de entenderlo y contar sus historias. Según el Registro de Víctimas Únicas, en el departamento del Meta se reportaron 294.588 víctimas de todos los delitos en el periodo entre 1985 y 2016, de ellas 8.561 fueron homicidios y 1.917 secuestros.
Oportunidad en el turismo
El turismo es la oportunidad que ahora, desde que se asomó la paz tras los acuerdos de 2016 entre el Estado colombiano y las Farc, han encontrado cientos de personas en este territorio. En Mesetas hay varias oficinas de turismo ofreciendo planes de ecoturismo que incluyen cascadas, avistamiento de aves, rafting y caminatas. Los guías, la mayoría muy jóvenes, han elegido quedarse y vivir del turismo, no solo porque les apasiona mostrar la riqueza natural y cultural del pueblo, sino porque hoy pueden hacerlo con libertad, en un lugar donde la vida ya no se ve interrumpida por los frentes guerrilleros.
— La ciudad no la cambiaría por este paraíso, aquí trabajo, mientras me divierto— dice Alejo, uno de los guías.
— Así es, la vida aquí se vive en calma, y créeme, todo en la vida se soluciona con calma— añade Fredy.
Hace 20 años ninguno de nosotros podría haber disfrutado de este río, de las cascadas que se esconden entre los caminos. Antes había jóvenes con trajes de color verde militar, guerrilla. Hoy vemos a otros jóvenes con trajes de colores, azul o verdes, su uniforme para guiar a los turistas. Antes cargaban fusiles, hoy tienen remos o volantes para llevar a los turistas. Las boinas desaparecieron. Los jóvenes llevan a veces sobre sus cabezas cascos con cámaras GoPro.
Las Farc eran los únicos que reinaban en este paraíso. Hoy ya no se escuchan las balas de los fusiles sino el rugido del río y sus fuertes corrientes.
La depresión post viaje sí existe. Mientras íbamos en el bus rumbo hacia Bogotá, me despedía de tres días que habían sido mágicos. No quería regresar.
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Logramos disfrutar de estas maravillas y conocer cada lugar, gracias a la ayuda de Blanca Helena Soler y su agencia de viajes Cristales Travel & Adventure. Existen 13 agencias de turismo certificadas que aprovechan las riquezas naturales que ofrecen estos municipios colombianos, además de cuidar la flora y la fauna.
Pie de fotos: Estudiantes de la clase de Crónica y Reportaje en el río Güejar.
Blanca Helena Soler y su agencia Cristales Travel & Adventure.
Cascadas conocidas como Cortinas del Diamante en Uribe, Meta.

