Angulo: Y si quiero mi plato sin salsa? - Directo BC
¿Y si quiero mi plato sin salsa, qué pasa?
¿Y si quiero mi plato sin salsa, qué pasa?
Por: Juanita Parra
Hace poco cometí una ofensa imperdonable en el sofisticado mundo gastronómico: pedí un plato sin salsa. Sí, sin esa sustancia glorificada que los chefs tratan como el alma de la cocina, la joya líquida de su arte. Fue en Coctel del Mar, ese restaurante costero que promete una experiencia “sensorial y gourmet”, pero donde descubrí que la verdadera experiencia es sobrevivir al juicio social por atreverse a pedir un salmón desnudo.
Yo, inocente, pensé que podía ejercer mi modesto derecho al gusto personal. Quise un salmón a la plancha, sencillo, honesto, sin esa espesa capa de salsa de soya que, aunque exótica, suele hacer que todo sepa a lo mismo y en lo personal no es de mi paladar. Pero no: bastó con pedirlo para que el ambiente cambiara. El silencio fue tan incómodo que casi escuché el ego del chef crujir desde la cocina.
En ese instante entendí que no estaba en un restaurante, sino en una especie de templo gastronómico. Y que pedir un plato sin salsa era poco menos que una herejía. En estos lugares uno no ordena comida más bien parece que se invoca obras de arte. Cada plato tiene su narrativa, su equilibrio filosófico, su propio dogma. Alterarlo equivale a cuestionar al profeta que lo diseñó.
Y no es que yo sea exigente. No quiero reescribir la carta ni cambiar la historia culinaria del país. Solo pretendo disfrutar algo que no me haga fruncir la cara ni pelear con mi digestión. Pero, por lo visto, la atención al cliente ha sido reemplazada por la devoción al autor. El restaurante deja de ser un espacio para comer y se convierte en un museo donde el comensal no participa, solo contempla.
¿Y si tuviera una alergia? ¿Si esa bendita salsa me inflamara más que una factura del gas? Según las nuevas reglas del buen gusto, es preferible sufrir por una receta “perfectamente balanceada” que pedir algo adaptado a tus necesidades.
Lo más irónico es que vivimos en la era de la personalización extrema: puedes configurar tu celular, tu playlist y hasta tu ADN nutricional. Pero llegas a un restaurante elegante y todo se vuelve inamovible. “el plato viene así, no se puede cambiar”, te dicen como si estuviéramos hablando de una obra divina y no de un filete con acompañamiento.
Ahí comprendí que la clienta ya no va a disfrutar, sino a obedecer. A seguir un guion preestablecido de cómo debe sentirse, reaccionar y agradecer. Comer dejó de ser un placer y pasó a ser una lección de disciplina estética.
Yo no busco espiritualidad en un plato. No quiero iluminación ni trascendencia; quiero que me sepa bien y me deje tranquila. Y, francamente, resulta absurdo que pedir sin salsa se considere de mal gusto, pero cobrar un valor exuberante por una porción mínima sea totalmente normal.
La rebeldía moderna no está en romper dietas ni en desafiar modas: está en mirar el menú a los ojos y decir con serenidad subversiva: “sin salsa de soya, por favor.”
Y sí, seguiré haciéndolo. Aunque me miren con lástima o con la sospecha de que no entiendo la alta cocina. Pedir un cambio en el menú no debería ser una provocación, sino una muestra de confianza.
Después de todo, ¿no se supone que uno va a esos lugares para sentirse mejor atendido que en casa? Pues parece que no. En aquel momento descubrí que el verdadero lujo no está en las salsas, sino en la libertad de poder decir —sin culpa ni escándalo—: hoy no quiero salsa, y está perfectamente bien.

