La isla - Directo BC
La isla donde la multitud cabe en un suspiro
En medio del Caribe colombiano, sobre un pedazo de coral que apenas alcanza una hectárea, se levanta Santa Cruz del Islote: la isla más densamente poblada del mundo. Allí, entre pasillos estrechos, casas pegadas pared con pared, entre risas, redes de pesca y la falta de intimidad, sus habitantes muestran cómo la solidaridad puede sostener un territorio al filo del mar.
Texto y fotos: Amalin Fayad Jattin
amalinfayadj@javeriana.edu.co
Apenas amanece y el sol ya cae como una plancha sobre los techos de zinc. En Santa Cruz del Islote no hay espacio para el silencio: los gallos cantan sobre las azoteas, las olas golpean con fuerza los muros de cemento y los niños corren descalzos entre pasillos entrecruzados. Todo está vivo, todo suena y todo huele a mar. El islote nació como un accidente geográfico, una acumulación de coral muerto que emergió en medio del archipiélago de San Bernardo del Viento, Córdoba. Al inicio era apenas una lengua de arena blanca, una plataforma donde los pescadores descansaban. Algunos empezaron a quedarse, primero por temporadas, luego de manera definitiva. Levantaron chozas con paredes madera, techos de placa y pisos de tablas que crujían con cada paso.
La isla se fue llenando poco a poco hasta convertirse en un enjambre humano sostenido por una roca mínima. Hoy ese pedazo de coral mide cerca de una hectárea —unos 10.000 metros cuadrados— y en él viven casi 1.200 personas. Es decir, más de mil vidas apretadas en un terreno que cabría en una manzana de barrio. Desde el aire, Santa Cruz del Islote parece una maqueta viva, una maraña de techos de zinc que se tocan, de colores deslavados por el salitre y el sol.
Niños saltando desde los muelles improvisados.
No hubo un plan, ni arquitectos, ni mapas. La organización urbana nació de la necesidad: cada familia fue ocupando un pedazo, y cuando no había más espacio, construyeron encima o compartieron con los de al lado. Así, Santa Cruz del Islote se convirtió en un rompecabezas improvisado donde el mar es límite y amenaza.
Las casas, levantadas con lo que el mar devuelve, se levantan tan juntas que las sombras de una cubren la otra. Entre las paredes cuelgan sogas con ropa de colores vivos, y en los techos, los niños trepan a ver pasar las lanchas que conectan Múcura y Tintipán, las islas vecinas más turísticas del archipiélago. El aire huele a sal, a pescado recién limpio y a humo de leña. Las gaviotas vuelan bajo, acostumbradas al bullicio, y los perros se mueven entre las piernas de los habitantes como si también fueran parte del mobiliario del lugar.
Desde el cielo, Santa Cruz del Islote es apenas un parpadeo en el Caribe. Una mancha de techos grises y azules que se apelotonan sobre una hectárea escasa. El mar lo rodea todo, lo limita todo, lo alimenta todo. Aquí, el espacio no se mide en metros, sino en la capacidad de convivir. Caminar por sus estrechas calles es sentir que la isla respira al mismo ritmo de quienes la habitan. Cada rincón está ocupado: la ventana es también tienda, el patio se comparte con la familia de al lado, los niños juegan fútbol en un corredor que apenas alcanza para un par de gambetas. No hay intimidad, pero sí una solidaridad que brota como la única manera de resistir.
Conversaciones de los más pequeños.
Las mujeres se abanican con tapas de ollas para espantar el calor mientras los hombres remiendan redes o limpian con cuchillos largos las escamas del pescado. Los niños corren entre los baldes, esquivando gallinas y perros flacos, y el olor del arroz con coco se mezcla con el de la gasolina que sale de los motores de las lanchas. De las ventanas cuelgan toallas, uniformes escolares y camisetas del Junior. Todo parece estar al alcance de la mano: el olor del mar, el sudor ajeno, la voz del vecino. En Santa Cruz del Islote no existe la distancia; la vida se respira en colectivo.
“Nosotros no sabemos lo que es estar solos”, dice María Torres, de 70 años, mientras está en la puerta de su casa mirando lo que hacen los demás habitantes de un lado a otro, algunos van con baldes para llevar agua a sus casas; otros simplemente se toman una cerveza y algunos descansan en las hamacas, como todas las tardes después de un día difícil.
María Torres lleva 30 años vendiendo pescado frito a los turistas.
“Aquí, si discutes con el vecino, al otro día tienes que verle la cara de nuevo. Entonces aprendes a convivir como si todos fuéramos hermanos de sangre y de agua”, añade María, que lleva un vestido floreado descolorido por el sol, el cabello recogido completamente y los pies descalzos sobre las baldosas tibias. Habla sin prisa, con la serenidad de quien ha visto crecer generaciones sobre los mismo bloques. Detrás de ella, hierve un olla con arroz de coco y cabezas de pescado.
En la isla no hay puertas cerradas. Con los años, la frontera entre lo privado y lo público se ha borrado y es casi nula. Dormitorios, cocinas y pasillos son escenarios colectivos. Las hamacas cuelgan tan cerca que basta con estirar un brazo para tocar a otro. La vida es compartida, inevitablemente. El interior de las casas parece un solo cuerpo extendido: colchones sobre tablas, ventiladores que cuelgan de los techos, radios viejos que trasmiten música a todo volumen y el sonido del agua que corre por baldes plásticos acompaña el rumor constante de las conversaciones.
La economía late al compás del mar. La pesca es el oficio heredado, aunque ya no tan abundante como lo recuerdan los mayores; sin embargo, sigue presente en cada generación. Las madrugadas empiezan con motores encendidos y hombres que se lanzan al horizonte en busca de pargos y mojarras. “Antes llenábamos la canoa en un rato”, cuenta Luis Perea, pescador de 42 años, “hoy toca remar más, gastar más gasolina, tener suerte. Si el mar no da, en la mesa no hay comida. Aquí no hay tierra en la cual sembrar, solo agua hasta donde alcance la vista”.
A esa hora, cuando el cielo aún es gris, las sombras de los pescadores se mueven como espectros sobre el agua. Las linternas titilan, los remos se hunden con un sonido lento y rítmico y el aire huele a gasoil por las lanchas que lo utilizan. Los hombres llevan camisetas húmedas, gorros viejos, y su piel se ve quemada por el sol ardiente. Algunos fuman mientras ajustan las redes; otros se persignan antes de adentrarse en la marea. Las mujeres los despiden desde los muelles improvisados —tablas amarradas con cuerdas—, a veces los niños se cuelan entre las canoas o lanchas y aprenden a lanzar el anzuelo, repitiendo los gestos de sus padres. En el islote, la pesca no es solo sustento: es un legado, una forma de pertenecer.
Uno de los comedores principales de Santa Cruz del Islote.
En los últimos años, el turismo se ha convertido en otra fuente de ingreso. Visitantes llegan curiosos queriendo pisar “la isla más densamente poblada del mundo”. Algunos jóvenes se ofrecen como guías, otros trabajan en hoteles de islas vecinas. El turismo trae dinero, pero también desigualdad: mientras las cámaras de forasteros registran un “paraíso inigualable”, los isleños sienten que reciben apenas las migajas de lo que generan.
La llegada de las lanchas turísticas rompe la calma de la mañana. Desde el horizonte se puede ver cómo van levantando espuma, y los niños corren hacia el muelle a recibirlas; algunos se lanzan al agua para ayudar a amarrar las embarcaciones y otros saludan con gestos de hospitalidad. El turismo ha traído cambios: más comercio, más movimiento, pero también más basura; por lo que se torna importante concientizar a los visitantes sobre su impacto en la isla.
Si algo no falta es la música: la champeta y el reguetón suenan desde radios pequeños que inundan las calles como si fueran parlantes colectivos. En las noches, cuando las plantas eléctricas se apagan y la oscuridad envuelve la isla, el eco de las voces viaja de casa en casa: aquí todos se escuchan, incluso sin querer. El silencio solo lo rompen las conversaciones que atraviesan las paredes delgadas, los perros que ladran al viento y las olas que nunca dejan de golpear.
En medio de las dificultades, la alegría es un acto de resistencia. Las fiestas patronales son el desahogo del año. En honor a la Santa Cruz, la cancha principal hecha de cemento agrietado y con apenas veinte metros de largo que se encuentra en el corazón de Santa Cruz del Islote se convierte en pista de baile, los tambores marcan un pulso inagotable y nadie recuerda la falta de espacio. “Ese día bailamos hasta los que ya no aguantamos ni una canción y hasta que no quepa un pie más en estas tierras”, dice sonriendo Ernesto Martínez, líder comunitario de 75 años.
Ernesto Martínez, antiguo Líder comunitario.
El agua dulce no nace en el islote: llega en bolsas traídas desde Cartagena o desde islas cercanas. Una bolsa puede costar más de lo que un pescador gana en un día: entre 8.000 y 10.000 pesos, según cuentan los isleños. La salud es otro reto: un pequeño centro atiende lo básico, pero para emergencias mayores solo queda rezar que el mar esté en calma para poder trasladar a los enfermos. “Mi hija de 20 años tuvo que dar a luz en tierra firme”, recuerda Yuliana Salgado, de 50 años. “Aquí no había ni siquiera una camilla. Nosotros queremos mucho la isla, pero también cansa que todo cueste tanto esfuerzo y que cada día se sienta igual el sacrificio”.
Los niños crecen entre pasadizos que parecen laberintos. Juegan fútbol con pelotas desinfladas, saltan al mar desde los muelles improvisados, inventan escondites en rincones donde casi no cabe un cuerpo. No tienen parques ni plazas de lujo, pero han aprendido a usar cada rincón como campo de juego, el mar es su patio más grande, el único espacio sin límites.
La escuela, con su paredes pintadas de colores, guarda los sueños de los más pequeños. Allí, entre pizarras y cuadernos, los niños aprenden a leer el mundo y a imaginar horizontes más amplios que su isla. Muchos quieren ir a Cartagena a estudiar, aunque el regreso no siempre está asegurado. Santa Cruz del Islote es al mismo tiempo un símbolo de resiliencia y de olvido. Desde afuera se admira como curiosidad geográfica; desde adentro se sobrevive con paciencia. La densidad no es solo demográfica: es la densidad de historias, afectos y luchas que se cruzan en cada estrecho pasillo.
Desde pequeños se les enseña la manera de sobrevivir.
Las mujeres sostienen la vida cotidiana con una fortaleza silenciosa. Son las que venden arepas en las puertas, las que cocinan con leña cuando falta el gas, las que lavan la ropa con agua traída de Cartagena en bolsas. Sus manos, curtidas y fuertes, huelen a jabón azul y a agua salada. El sonido del fogón encendido marca territorio de día. El calor no detiene su rutina: siempre hay un fogón encendido, un niño en brazos y una champeta que acompaña con un poco de sabor caribeño cada actividad del día a día.
La isla mínima, la vida inmensa. Un puñado de coral sostenido por la obstinación de quienes no solo aprendieron a vivir con poco, sino a multiplicarlo en comunidad.
Al despedirse, María regala una frase que encierra la paradoja del islote: “Aquí no hay espacio para nada, pero hay lugar para todos. Eso nos sostiene: la familia, aunque no quepa en la casa, siempre cabe en la vida”.

